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¿Qué es la cirrosis hepática?

El hígado es esencial para la vida humana. Este órgano, con 1,5 kilos de peso y 15 centímetros de ancho, tiene muchísimas funciones: almacenar y liberar glucosa, producir colesterol, crear factores inmunitarios, convertir el amoniaco nocivo en urea, procesar la hemoglobina y mucho más. No se puede tener salud sin un hígado que funciona bien.

La cirrosis hepática representa un daño grave a este órgano como consecuencia de muchas enfermedades y padecimientos. Aquí te contamos en qué consiste, cuáles son sus síntomas y cómo evitarla.

Características generales de la cirrosis hepática

El término “cirrosis hepática” hace referencia a la cicatrización y funcionamiento deficiente del hígado. Este cuadro clínico es consecuencia de muchas enfermedades crónicas que afectan al órgano, como las hepatitis virales y el alcoholismo. Toda patología que provoque inflamación crónica del hígado es susceptible de causar una cirrosis con el paso de los años.

Cuando ciertas células del tejido hepático se exponen de forma prolongada a agentes inflamatorios, se activan y se transforman en miofibroblastos. Estos comienzan a depositar colágeno, lo que resulta en un proceso de fibrosis (cicatrización de la zona dañada del hígado). El proceso de cicatrización disminuye, de forma progresiva, la capacidad funcional de este órgano.

La cirrosis hepática es un problema sanitario global. Tal y como indican estudios epidemiológicos, es la causa número 11 de muerte en todo el mundo. Las enfermedades crónicas del hígado se cobran más de 1,3 millones de vidas al año, una perspectiva que solo empeora cuando se tienen en cuenta las cifras bajas de órganos disponibles para el trasplante a nivel general.

El alcoholismo es una de las causas más comunes de la cirrosis hepática.

Causas de la cirrosis hepática

Como hemos dicho en líneas previas, muchas enfermedades y condiciones pueden provocar inflamación y cicatrización del hígado a largo plazo. Algunas de las más importantes son las siguientes:

  • Alcoholismo crónico: la adicción prolongada al alcohol es responsable de más del 24% de las cirrosis hepáticas globales. Del 10% al 15% de las personas alcohólicas desarrollan esta condición en algún momento de su vida.
  • Hepatitis virales crónicas: las hepatitis B y C son enfermedades víricas que suelen cursar de forma aguda y pueden resolverse por sí solas. De todas formas, en algunos pacientes el cuadro se torna crónico (con duración de más de 6 meses) y puede provocar daños irreversibles en el hígado. Las personas inmunosuprimidas y los niños son algo más proclives a tener infecciones complicadas. La hepatitis B causa más del 37% de los casos de cirrosis y la C un 22,3%.
  • Enfermedad de hígado graso no alcohólica: tal y como indica su nombre, en esta patología se acumula un exceso de grasa en el hígado. La obesidad y la diabetes tipo 2 son factores de riesgo para desarrollada. El 16,4% de las cirrosis ocurren por esta enfermedad.

Estas son las causas más comunes de la cirrosis hepática en todo el mundo. De todas formas, existen muchas más. Cabe destacar también la hemocromatosis, la fibrosis quística, la enfermedad de Wilson, la atresia biliar, la destrucción de las vías biliares y otras infecciones (sífilis o brucelosis, por ejemplo).

Síntomas

La cirrosis es una condición silenciosa en sus primeras etapas. Por desgracia, no empieza a manifestarse de forma sintomática hasta que las lesiones en el hígado son muy evidentes. La sintomatología en sus etapas tempranas se suele expresar de la siguiente forma:

  • Falta de apetito.
  • Pérdida de peso.
  • Náuseas.
  • Dolor abdominal.
  • Vasos sanguíneos visibles “con forma de araña” a través de la piel.
  • Fatiga.

A medida que la funcionalidad hepática disminuye, los síntomas se hacen mucho más evidentes:

  • Ictericia, es decir, coloración amarilla de la piel y los ojos.
  • Acumulación de líquido en la zona abdominal (ascitis).
  • Tendencia a la aparición de moratones.
  • Sangrado del tracto gastrointestinal.
  • Problemas para concentrarse y confusión generalizada (encefalopatía hepática).
  • Enrojecimiento de las palmas de las manos.

Por otro lado, cabe destacar que la cirrosis hepática es el factor de riesgo más grave para la aparición posterior de un cáncer de hígado. Hasta el 90% de los cánceres en este órgano vienen precedidos por el cuadro clínico que nos atañe.

Diagnóstico de la cirrosis

Más allá de la exploración física, el análisis de sangre es una de las pruebas principales para el diagnóstico de la cirrosis hepática. En esta prueba, se puede intuir que el órgano falla si hay un exceso de bilirrubina en la muestra o si están presentes ciertas enzimas indicativas de daños, como las transaminasas altas. También puede ser necesario un análisis de sangre con el fin de encontrar material genético de los virus causantes de las hepatitis B y C con el fin de confirmar la infección.

Los estudios de diagnóstico por imagen también pueden ayudar a evidenciar una cirrosis, ya sea de forma directa o indirecta. La ecografía abdominal, la elastografía por resonancia magnética (ERM) y otros análisis también pueden ser de utilidad para encontrar la causa subyacente de la cirrosis hepática.

Tratamiento de la cirrosis hepática

El tratamiento de la cirrosis hepática depende mucho de la causa subyacente, el estado general de salud del paciente, las enfermedades asociadas (como el cáncer de hígado) y muchos factores más. De todas formas, carece de un abordaje clínico específico, pues del daño en el hígado es irreversible. La única posibilidad es evitar que empeore.

Abordaje dietético

Si la causa subyacente es un hígado graso no alcohólico, puede ser necesario bajar de peso. Por otro lado, los pacientes con cirrosis requieren una dieta especial que genere el menor daño hepático posible: reducir la cantidad de sal consumida, recortar la ingesta de proteínas de origen animal y más. El objetivo es que los síntomas se alivien y no empeoren.

Abordaje farmacológico

Ciertos medicamentos pueden retrasar y ralentizar la progresión del daño hepático, como aquellos dirigidos a acabar con los patógenos causantes de las hepatitis virales. Para aliviar los síntomas, se suelen recetar fármacos diuréticos para evitar la retención de líquidos y betabloqueantes con el fin de prevenir las hemorragias.

Trasplante

El único tratamiento definitivo para acabar con la cirrosis hepática es el trasplante de hígado. Por desgracia, hay muchos riesgos asociados con este proceso (rechazo, sangrado, fallo del órgano donado y más) y no todas las personas son aptas.

El alcoholismo es uno de los factores de riesgo principales para la cirrosis hepática.

La cirrosis hepática es una consecuencia grave de diversas enfermedades. Aunque no se puede tratar el daño del hígado como tal, es posible frenar su deterioro y tomar ciertas medidas para que la sintomatología se reduzca. Si te has visto reflejado en cualquiera de los puntos citados a nivel sintomático, no dudes en acudir al médico.

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