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12 enfermedades hepáticas comunes

El hígado es el órgano más grande del cuerpo. Es imposible concebir la vida sin él, pues tiene múltiples funciones esenciales para el metabolismo humano: produce ciertas proteínas para el plasma sanguíneo, fabrica la bilis, procesa la hemoglobina para la distribución de su contenido de hierro, depura la bilirrubina, regula la coagulación sanguínea y muchas cosas más. Existen múltiples enfermedades hepáticas comunes que pueden comprometer el funcionamiento de este órgano de forma total o parcial.

El abuso crónico de alcohol, la infección por ciertos virus, algunos trastornos hereditarios, la fibrosis quística, la hemocromatosis y muchas condiciones más pueden promover el daño hepático. En las siguientes líneas, se recogen las enfermedades más frecuentes que afectan al hígado.

¿Cuáles son las enfermedades del hígado habituales?

La Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos define las patologías hepáticas como ‘muchas enfermedades que impiden que el hígado funcione o evitan que trabaje bien’. El color amarillo de la piel (ictericia), el dolor abdominal, la acumulación de líquidos corporales y la pérdida de peso son algunos de los síntomas usuales derivados de estas condiciones. A continuación, se recogen las enfermedades hepáticas más comunes sin orden específico.

1. Cáncer de hígado

El cáncer tiene lugar cuando las células del cuerpo mutan, lo que promueve que crezcan y se dividan sin control (dando o no lugar a un tumor). Así pues, el cáncer de hígado es aquel que tiene origen primario en el tejido hepático. Se estima que esta neoplasia maligna representa el 2,4 % de los cánceres totales en ciertos países de alto ingreso, como Estados Unidos. La probabilidad de desarrollarlo a lo largo de la vida es de un 1 % aproximadamente, pero su alta tasa de mortalidad justifica su importancia clínica.

Esta enfermedad está asociada a otros padecimientos en el hígado. Por ejemplo, los pacientes con hepatitis B crónica tienen una probabilidad de desarrollar cáncer de hígado de un 25 a un 40 % a lo largo de su vida. Las malas noticias no acaban aquí: en todas sus etapas combinadas, la tasa de supervivencia a 5 años del diagnóstico es del 18 %. Si la persona es apta para el trasplante en etapas iniciales, las probabilidades de superar la enfermedad son mucho más altas.

2. Cirrosis hepática

La cirrosis hepática es la consecuencia final de muchas enfermedades hepáticas crónicas. Esta condición se caracteriza por la sustitución de la arquitectura normal del hígado por bandas de tejido fibroso, lo cual provoca que cada vez funcione peor. Si está muy avanzada, la cirrosis es potencialmente mortal. 

Las hepatitis virales crónicas (B, C y D), el alcoholismo y la fibrosis quística son algunos de los desencadenantes principales de la cirrosis. Se estima que esta condición se halla detrás de unas 800 000 muertes anuales y, en Europa, tiene una prevalencia de 250 casos anuales por cada 100 000 personas. En España, esta enfermedad se presenta en el 1-2 % de la población y es más frecuente en varones de 50 años en adelante.

Hasta el 15 % de las personas alcohólicas desarrollan cirrosis hepática

3. Hepatitis A

La hepatitis A es una infección del hígado responsable de la mayoría de los cuadros de hepatitis aguda en todo el mundo. El virus causal infecta las células de este órgano y produce inflamación, pero no es responsable de daños permanentes. No existe un tratamiento para esta enfermedad, ya que el propio organismo genera anticuerpos contra el patógeno y lo elimina con el tiempo. Descansar en casa y controlar las náuseas suele ser suficiente.

4. Hepatitis B

La hepatitis B es una infección hepática grave provocada por el virus de la hepatitis B. Si el cuadro tiene una duración corta (menos de 6 meses) se considera agudo, pero puede tornarse crónico cuando no desaparece más allá del límite establecido. Hasta el 90 % de los niños infectados evolucionan a un estadio crónico, mientras que este porcentaje en adultos sanos es mucho menor (del 2 al 6 %). Este último escenario debe abordarse farmacológicamente con medicamentos antivirales, inyecciones de interferón y hasta un trasplante.

La hepatitis B aguda no suele requerir tratamiento.

Las enfermedades comunes del hígado son múltiples.

5. Hepatitis C

La hepatitis C es una infección vírica que causa inflamación del hígado, tal y como ocurre con los dos cuadros anteriores. De todas formas, existen claras diferencias entre ellos: la hepatitis B se puede transmitir durante el contacto sexual y la mezcla de fluidos, mientras que la C casi siempre se contagia por la vía sanguínea. Hasta el 30 % de las personas con hepatitis C combaten la enfermedad y se curan de forma espontánea antes de los 6 meses, pero el 70 % restante desarrollan una variante crónica.

La probabilidad de desarrollar una cirrosis derivada de una hepatitis C crónica es del 15 al 30 % después de 20 años. Por suerte, los tratamientos con antivirales son cada vez más efectivos y su función es evitar que esto ocurra.

6. Hepatitis D

Curiosamente, esta infección solo provoca síntomas en aquellas personas que ya están infectadas por el virus de la hepatitis B. Concretamente, afecta hasta al 5 % de la población mundial que tiene una hepatitis B crónica. En sí mismo no es un cuadro letal, pero puede acelerar la progresión de la enfermedad ya existente en el 70-90 % de los pacientes.

7. Hepatitis E

Aunque sea poco conocida, es necesario nombrar a la última de las enfermedades hepáticas comunes de naturaleza vírica. La hepatitis E afecta a unas 20 millones de personas en todo el mundo y representa el 3,3 % de la mortalidad debida a las hepatitis víricas. Un porcentaje importante de los infectados no presentan síntomas, pero la patología puede provocar problemas de salud severos en países de bajo ingreso en los que la atención sanitaria es deficiente.

8. Hígado graso

La enfermedad por hígado graso es una afección en la que, tal y como lo indica su nombre, se acumula un exceso de grasa en el hígado. Esta patología tiene una prevalencia global nada desdeñable, pues afecta del 10 al 24 % de la población en varios países. Cabe destacar que el 65 % de las personas con obesidad tipo I-II desarrollan hígado graso, aunque la probabilidad aumenta a un 85 % cuando se habla de la obesidad tipo III.

El hígado graso puede ser alcohólico (derivado del consumo de esta sustancia) o no alcohólico (más común en diabéticos, prediabéticos y obesos). En general, estas afecciones provocan síntomas leves o nulos, lo cual dificulta su diagnóstico y abordaje clínico. Perder peso en caso de que sea necesario y dejar el alcohol son los frentes más útiles para tratar el hígado graso, pues a día de hoy no hay medicamentos aprobados en este frente.

El hígado graso no alcohólico afecta al 20-30 % de la población mundial.

9. Hemocromatosis

La hemocromatosis es una patología en la que el exceso de hierro se acumula en el organismo. La hemocromatosis genética se debe a mutaciones en el ADN heredadas que se transmiten de los padres a los hijos. Por otro lado, hay cuadros secundarios que se adquieren a lo largo de la vida por ciertos desequilibrios (por ejemplo, la necesidad de múltiples transfusiones sanguíneas o un consumo exagerado de suplementos).

La hemocromatosis se puede tratar de forma segura y eficaz mediante la extracción periódica de la sangre corporal, algo conocido como flebotomía. El objetivo de este procedimiento es reducir la cantidad del mineral en el organismo. En aquellos que no toleran la extracción se puede utilizar el fármaco desferroxiamina, que aumenta la eliminación de hierro, pero este tratamiento es menos eficaz.

10. Enfermedad de Wilson

La enfermedad de Wilson es un trastorno hereditario poco frecuente, pero hay que tenerlo en cuenta a la hora de hablar de las enfermedades hepáticas comunes. Este cuadro provoca la acumulación patológica de cobre en varios órganos y tejidos, especialmente en el hígado y en el cerebro. Su prevalencia estimada es de 1 caso entre cada 30 000 recién nacidos vivos.

La enfermedad de Wilson se hereda con un patrón autosómico recesivo. Esta patología está presente desde el nacimiento, pero los síntomas empiezan a manifestarse entre los 5 y los 35 años de edad. Curiosamente, el signo clínico más característico es la presencia de un anillo color marrón alrededor de la córnea del ojo.

Algunos de los medicamentos empleados para abordar la enfermedad de Wilson son la penicilamina, la trientina y el acetato de zinc. El objetivo es que el cuerpo pueda eliminar el cobre antes de que su acumulación se torne nociva. Si los daños hepáticos derivados de esta enfermedad son graves, es posible que sea necesario un trasplante de hígado.

11. Colangitis esclerosante primaria

La colangitis esclerosante primaria es una enfermedad de los conductos biliares. Las principales funciones de estas estructuras son transportar la bilis a través del hígado y liberarla en la segunda porción del duodeno. En este cuadro, los conductos biliares se inflaman y cicatrizan, lo cual provoca que se estrechen y un daño hepático derivado. La enfermedad progresa lentamente y desemboca en infecciones frecuentes, insuficiencia hepática y tumores.

Las causas de esta enfermedad no están claras, pero su aparición se asocia en muchos casos a una enfermedad intestinal inflamatoria. Existen múltiples fármacos que buscan ralentizar el daño hepático de este cuadro, pero el trasplante de hígado es el único abordaje que puede curar la patología a día de hoy. Además, aunque no es común, la enfermedad puede reaparecer después de esta cirugía.

12. Hepatitis autoinmunitaria

La hepatitis autoinmunitaria tiene lugar cuando las células implicadas en el sistema inmunitario humano destruyen, por equivocación, los tejidos del hígado. Estos ataques pueden derivar en daños continuados al órgano e inflamación crónica.

El tratamiento inicial de esta patología incluye la administración de prednisona, un fármaco corticosteroide sintético. Por desgracia, este medicamento reporta una amplia gama de efectos secundarios, así que el objetivo es alcanzar la dosis más baja posible para controlar la enfermedad. La hepatitis autoinmunitaria suele reaparecer si no se sigue el régimen farmacológico adecuado, así que el tratamiento es de por vida.

El diagnóstico de las enfermedades hepáticas es esencial.

Son muchas las enfermedades hepáticas comunes, pero en este espacio se han cubierto las 12 de mayor interés a nivel clínico. De todas formas, la idea central es clara: si sientes cualquier signo de daño hepático (ascitis, ictericia, orina turbia, dolor abdominal y más), acude con presteza a un profesional médico. Una vez el tejido del hígado ha cicatrizado, revertir el cuadro es imposible y solo queda el trasplante. En este caso (y otros muchos), prevenir es curar.

 

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